Compositor Claudio Monteverdi

Habría que llamar a Monteverdi el “padre de la ópera”, pues sin él la recién creada forma artística no habría pasado de la infancia y no se habría convertido en tan poco tiempo en la modalidad más apreciada del mundo musical. Sin embargo, hoy nos inclinamos a dar otros títulos a este maestro nacido (o bautizado) en Cremona el 15 de mayo de 1567: uno de ellos, el de “padre de la música moderna”, donde “moderna” quiere decir simplemente “de la nueva época”.

Este título, que durante mucho tiempo se dio en todas partes a Johann Sebastian Bach, hoy puede concederse a Monteverdi con todo fundamento sin menoscabo de la importancia del maestro alemán. Tal vez sería más justo denominar a Bach el “padre de la música moderna” y a Monteverdi el “abuelo”.

Nuestra época, con su incontenible ímpetu científico, no sólo marcha hacia adelante y se interna en una tierra desconocida, sino que despierta también relaciones y valores del pasado olvidado que amplían y enriquecen el panorama de nuestra vida y de nuestro arte. Monteverdi ha retornado con fuerza al ámbito de nuestra práctica musical. Y cualquiera que sea la forma en que expresemos nuestra admiración por su personalidad descollante, hay algo que está fuera de toda duda: Monteverdi se encuentra entre los grandes maestros de todas las épocas y países.

Fue necesaria mucha investigación para sacar a la luz los datos hoy conocidos de su biografía. Sin embargo, toda la investigación del futuro no será suficiente para llenar los vacíos que han abierto en sus obras las circunstancias desfavorables y las calamidades históricas.

A los quince años publicó sus primeras obras, proclamándose “discípulo de Ingegneri” (el importante compositor Marco Antonio Ingegneri, nacido en Verona y fallecido en Cremona). Hacia 1590 entró en el servicio de la corte ducal de Mantua, uno de los centros musicales más cultos de la época. En 1602, Vincenzo I Gonzaga lo nombró maestro di cappella.

En 1607 produce su primera ópera, Orfeo. Un año más tarde le sigue Arianna. Pero con esta obra comienzan nuestros problemas con Monteverdi: se han perdido manuscritos irreemplazables. De este segundo drama musical apenas poseemos algo más que el famoso “Lamento”, aunque basta para que nos hagamos una idea de la grandiosidad de esa música, que podría haberse encontrado en toda la obra. No la conocemos y tampoco tenemos datos sobre la música de Monteverdi de la época de la corte de Mantua: las guerras en torno a la ciudad, que en 1630 fue saqueada e incendiada, destruyeron casi todo. Monteverdi no permaneció mucho tiempo dentro de sus murallas.

Después de la muerte de su protector (1612) y después de que el sucesor de éste lo despidiera, fue nombrado maestro de capilla de San Marcos de Venecia, el cargo más importante en la música occidental de la época. La ciudad edificada sobre el agua fue para la última época del Renacimiento lo que Florencia había sido para la primera: una concentración de realizaciones del más alto nivel, una orientación decidida y consciente hacia la cultura. Monteverdi pudo desarrollar allí toda su capacidad. Junto a la actividad eclesiástica estaba la profana, del mismo nivel, la composición de madrigales y óperas (que todavía no se llamaban así). A este género pertenecen sus dos obras tardías más importantes: Il ritorno d’Ulisse in patria, estrenada en 1641, y L’incoronazione di Poppea, de 1642. Ninguna de las dos se estrenó en un palacio: en 1637 se inauguró en Venecia el primer teatro musical del mundo occidental, San Cassiano; había comenzado la gran revolución de nuestro género artístico.

Varias desgracias personales alcanzaron a Monteverdi durante los años que pasó en Venecia e impulsaron tanto su creatividad como su fama: murió su amada esposa, y su hijo Massimiliano, médico en Bolonia, cayó en las garras de la Inquisición, de las que sólo pudo librarlo la celebridad del nombre paterno. En 1631 la peste asoló Venecia. En 1632 el maestro, de una fe profunda, tomó los hábitos eclesiásticos, aunque sin ejercer una función sacerdotal. Venerado por el mundo entero, murió en Venecia el 29 de noviembre de 1643.

Teóricos o reformistas de la ópera posteriores (como Gluck y Wagner) se basan en él. En el siglo XX vuelve a despertarse el interés por sus obras: Gian-Francesco Malipiero, Vincent d’Indy, Ottorino Respighi, Ernst Krenek, Carl Orff, Luigi Dallapiccola, Alfredo Casella y Walter Goehr, partiendo de diferentes puntos de vista, prepararon refundiciones representables en escena.

El renacimiento más amplio, que impone nuevos criterios usando simultáneamente instrumentos antiguos y aplicando audaces interpretaciones de estilo, fue emprendido por la Opera de Zúrich a finales de los años setenta, pues bajo la dirección musical de Nikolaus Harnoncourt y la dirección escénica de Jean-Pierre Ponnelle se dio nueva forma a las tres obras teatrales supérstites y además se les añadieron las piezas del Octavo Libro de Madrigales, que al parecer se concibieron para la ejecución teatral. El enorme éxito obtenido, que apenas se preveía, llevó las representaciones a una serie de grandes teatros de ópera y a su difusión por medio del cine y la televisión. De repente Monteverdi había empezado a ser conocido por un amplio público operístico.

Fuente: http://www.hagaselamusica.com/clasica-y-opera/compositores/claudio-monteverdi/

Originally posted 2010-05-10 21:38:32.